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sábado, 24 de mayo de 2008

Crónica de un fraticidio

La de ayer fue una de esas jornadas en las que una derrota no sabe amarga, sino que deja un regusto a pacharán y cohibas caducado.
Os la contaré tal y como yo la viví, y si mi subconsciente me lo permite, desde un punto de vista objetivo.

A eso de las diez y media tras cruzar varios SMS, la rivalidad era máxima, tanto que antes de acudir a la partida me preocupé de que no fueran a hacer falta pañales para el contrario.
Tras asestar ese último pullazo, cogí dos puros habanos que estaban más secos que la mojama y me dirigí a casa de Roberto con mi fiel esbirra Rica, convencido de que retornaría con la copa dorada de oriente cuyo destelleo y ondulantes cintas añoro.

La bienvenida estuvo a la altura de un embajador saudí, gracias a la hospitalidad que el anfitrión derrochó con su acento más maño "que pa qué", y nada más entrar por la puerta, ya nos esperaban en su estuche, tres botellas de Baynes etiqueta dorada, hielo de gasolinera y dos empanadas pa matar el hambre.
Saqué mi estuche de mus que mi buen amigo David me regaló en "pro de mi perversión" y extendí los amarracos sobre un tapete que trajo Miki, este contaba con extraños recuadros y signos a modo de buija supuestamente útiles para anotar las apuestas, pero que sin duda nos embrujaron de modo tal que no hubo mesura con el pacharán durante toda la partida.
Comenzó dando Sergio y durante los dos primeros cotos la rivalidad fue intensa, 3 a 2 y 2 a 3, en las que los contrarios se pasaban señas indiscriminadamente y se sucedían las puyitas, "¡porque echas órdago!", ¡tragaros esas 17 al juego!, aunque el órdago decidió la mayoría de las partidas y las menos fueron de muerte dulce.

Hicimos un alto para hablar de temas personales, compadecimos a Roberto por la merdé de suerte que le está tocando lidiar a raiz de su rifirafe marital definitivo, y soñamos con un viaje imposible a Las Vegas. Mientras tanto el gorgoteo del dosificador del pacharán y el tintieno de los hielos en la copa no paraban de sonar, como si de un concierto de los Alabarda se tratase.

Tal concierto interminable hizo mella en mi compañero y en mi, de modo que en el tercer coto ibamos ganando dos a cero y quedaba cuarto de botella de Baynes. Una vez más, bajamos la guardia y dejamos que dos gañanes abrazafarolas nos hicesen la famosa zaragozana.

La última partida la perdí yo de órdago (como jode reconocerlo), cuando ibamos empatados a unas treinta piedras. Con tres pitos envidé a la grande, me agazapé a la chica, dejándola en pase y envidé a pares, oyendo al instante un órdago lanzado por Miki con esa sonrisa medio arqueada suya con la que no sabes si te la va a endiñar o te está contando un chiste. Yo entré al trapo y su duplex de reyes cuatros nos hicieron decir "hasta luego" a la copa.
Inmortalicé ese momento y lo comparto con vosotros a riesgo de sufrir el escarnio y la humillación de dos gañanes en carne propia.

Después de la partida, el sofá parecía una cama redonda, y yo y lo que quedaba de Sergio emprendimos el viaje a casa, que en mi caso era cruzar la calle, y en el de Sergio la ciudad entera en el buhobus.

A eso de las 4 de la mañana, desperté a Sergio y nos despedimos hasta mañana mientras el conductor nos miraba con curiosidad, supongo que dos tíos uno de ellos cabeza rapada y muy trompa y otro muy alto con una beagle a esas horas llama la atención. Para tu consuelo Sergio, creo que no eras el más borracho de ese autobús, te ganaba uno de la última fila.

A mi llegada a casa, mi musa no estaba lo que se dice contenta con el aroma a pacharán y puro que debía ser embriagador de verdad, y tras tender la ropa en la terraza, pernocté a instancia suya con mi esbirra en ese módulo de aislamiento conyugal que es el sofá del salón.

El despertar del robot aspirador no interrumpió mi sueño de volver a poseer "nuestra" copa, y permitidme que parafrasee a Constantino Romero doblando a Chochenaguer en Terminator, y os diga con voz cavernosa que..."V O L V E R É"

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